miércoles, 10 de octubre de 2007

Pretensión audiovisual en proceso



En aquella mañana de Agosto cuando en su torrente no era más la sangre quién bailaba, la criada de la casa Eljaude recogió la correspondencia a eso de las diez. Amelia interrumpió el sueño al sentir la habitual aspereza dactilar que invade sus labios mudos; sintió ardor cuando la tanga húmeda se divorció de su sexo, perteneciendo en ese momento a la nariz inquieta de ese hombre a quién alquiló su alma.


Levántate linda. Miranda te espera, trátala suavemente pues ya conoces su temperamento.
La mujer asintió con una querella. Ya me fastidias con esos malditos antojos y tu mala costumbre. Sin embargo accedió.
Ame lávate antes, hiedes. Por cierto ten cuidado con los sobres. Gerardo abandonó la habitación.
Vistiendo tan rápido como pudo obedeció al patrón. Más que un deber ya era un vicio en ella.

Negociando con el taxista se dirigió hacia su destino abandonando por un instante la maleta en el asiento trasero; muy alerta con los escorpiones de la calle, se bajó dos cuadras antes. Fumándo un Marlboro y con chorros de sudor en la frente atravesó la plaza de San Pedro rumbo a la casona adyacente a un local de artesanías de la calle San Juan De Dios, en la que Miranda esperaba. Ésta última tenía deseos de culminar su anterior encuentro, aquel que la dejó con un sabor a mierda y que sin embargo repetiría dos veces más. Ambas pactarían un negocio recíproco, en el que la sorpresa era la constante.


***


Cuando por fin coincidieron las miradas, sus pupilas se inmovilizaron por la imagen angelada de Miranda, dejando en ella desde el primer momento un recuerdo permanente, intangible. La voluptuosidad y belleza de la expectante postrada en el portón viejo intimidaron a Amelia, no por la vil envidia y deseo que despierta esta diosa en efes y emes, sino por su perfección lograda por un trabajo artístico y magno de la cirugía, en simbiosis de una particular gracia, que se descomunó ese día.


Una vez al interior de la casa, el silencio fue cómplice hasta que Amelia desabrochó su maleta.


-Sólo espero que no seas tan seca hoy. Relájate conmigo, ven. Dijo Miranda.
-No me toques. Pronunció tomando distancia de aquel ángel que poco dista de una bestia. El ambiente estaba tenso y por la prisa que acompañaba a Amelia, Miranda permitió la transacción sólo por observar comportamientos dominantes en su médico. Le excitaban las dominatrices, de vez en cuando las contrataba.


Omitiendo la sugerencia, Amelia procedió a inspeccionar el cuerpo de Miranda, específicamente en la zona de su última intervención. Su piel escoriada por el bisturí ya mostraba sezgos de naturalidad; la cicatrización era un éxito. Entre la esterilización y la preparación de las ampollas el tiempo se escapaba ágil.


Miranda nerviosa por una respuesta agresiva se debatía entre sus pensamientos y sus impulsos. Su corazón delator dudó demasiado para al final aprovecharse de un descuido del médico. Introdujo la mano en sus pechos.


Cómo te atreves! Dijo Amelia tratando de ser lo más cuidadosa posible. Se alejó de un salto, preocupada por determinar lo que sintió de aquel contacto, repitiendo entrecortada ..No lo vuelvas a hacer, me repugnas..

Yo se que no es así. Y sé que aún te mojas pensando en mi sexo, en las veces que te cogí y que fuiste mi cómplice. No puedes evitar pensarme cuando estas con otro tipo.


-Cállate, no quiero escuchar más, ya eso pasó y creeme ya me basta con ser una desgraciada.

Al unísono de las palabras, ambas se pusieron en pie. Ahh carajo, eso te duele; tú muy bien sabías desde un principio que cogías con una loca, que mientras estaba haciéndolo contigo pensaba en cualquier pene. No puedes aceptarlo.. cuando andabas con el turco eras una enfermita infeliz.. te duele aceptar que un marica te complacía.



-Se hace tarde, será que podemos continuar?


***


CONTINUARÁ ***


(Qué conste que no es literatura, es una idea para televisión)


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