miércoles, 26 de agosto de 2009

lunes, 17 de agosto de 2009

El día que pronostiqué la victoria de Samper

Siempre hemos entrado al revés a la Casona Solariega. Una muralla de piedra caliza que en las noches de picó se desmoronaba como arsenal de un tropel “champetudo”, te recibía en el tercer piso. Han pasado diez años desde que sus hijas decidieron quitarla, entre otras cosas porque el viejo solía pagar por sus propias piedras, aquellas que Aurora removía cuando él dormía en su mecedora centinela, y que luego le vendía con cinismo, al saber que le gustaban tanto como sus mecedoras, y el whisky que ella misma le fiaba.

La terraza era grande, quedaba en el tercer piso. Recuerdo el día en que pronostiqué la victoria de Ernesto Samper, cuando tan sólo tenía seis años y justo después de una noche del Sibanicú en el parque. Todos en la casa apoyaban a Pastrana, le gritaban cual fanáticos. La gente comenzó a llegar a eso de las 12. Ya la yuca, el ñame y el plátano estaban pelados y dispuestos en las ollas que Juana estaba encendiendo a carbón y gasolina. “Juana, ¿cuándo me traes más piedras?”, le dijo mi abuelo a la mensajera de Aurora, quizás como excusa para que le surtiera del licor que le alborotó la diabetes. Mis primos y yo crecimos los domingos en medio de la Cerveza Águila, la lengua de tres mujeres y su madre –cuando no estaban las de Bogotá- y el Black and White del viejo.

Mientras los hombres discutían de política, mis tías se hacían el manicure con la señora gordita que vivía cruzando el parque de Bruselas. Margaret, Martha, Luis Carlos, María Mónica, Diego y yo, nos moríamos del aburrimiento encerrados en el cuarto amarillo en el que domingo tras domingo jugábamos al papá y la mamá. Nuestros padres poco nos dejaban bajar a ese primer piso selvático que tenía matas de plátano, guayabales y una posa séptica que hacía las veces de ring de boxeo. Visitar al abuelo era una costumbre familiar que por obra de Dios no he perdido, pero sí el contacto con mis primos. Cuando pasábamos la gran reja blanca contigua a la muralla caliza, lo primero que leíamos en bronce era Ativoj y Samoht. Inmediatamente inventábamos una aventura en la que debíamos escoger entre tres puertas que se mezclaban entre guayabas, sábilas, mecedoras y un palo de olivo en el que todavía reposa la Virgen María.

Mientras el sancocho hervía y los mayores esperaban el resultado de los comicios ese 7 de agosto, nosotros recorríamos arbitrariamente la casa. La puerta principal te llevaba al vestíbulo donde estaba el televisor que anunciaría a Samper. El trayecto era largo. Pasábamos por cinco cuartos, dos escaleras y un baño, para llegar al balcón que daba a la cocina, y que tenía la vista panorámica más bella que conservo de Cartagena. Ese día había un enorme crucero blanco atracado en el puerto. Cuando bajamos a jugar en el segundo piso abandonado por decenas de mecedoras, telarañas y camas chuecas, la tía Nizla nos pedía que tuviésemos cuidado. Allí, en una sala con dos cuartos y un baño antiguo, jugábamos a las escondidas. Teníamos muchas vías de escape. Una era la escalera que hacia arriba daba para el cuarto de mi abuelo, otra las puertas laterales que daban a los callejones que subían al tercer piso, y la escalera que desde la cocina seguía bajando hacia ese primer piso donde nacían platanitos manzanos entre los nidos de ratas. Jugamos encima de la posa séptica un buen rato mientras arriba le rezaban a Andrés Pastrana. Corrimos por doquier en ese escenario silvestre hasta que la abuela se asomó, con su cara gruñona, por el primer balcón y nos llamó a almorzar. Al subir nos burlamos de José Gregorio, el niño de al lado que siempre se la pasaba jugando carritos en calzoncillos.

A mis primos no les gustaba el sancocho. Yo sí me lo comía con tanto gusto, que me olvidé por un momento de ellos y me perdí de la salida a ese parque que tenía los columpios más chéveres que recuerdo. Me quedé un rato con mi abuelo Thomas, y mientras me sacaba una “galleta” del abdomen le dije “Samper va a ganar”, todo por llevar la contraria a la tradición conservadora que lo llevó un año después a encargar un cuadro de Álvaro Gómez Hurtado, que aún exhibe en su pasillo.

La inocencia me llevó a apoyar a ese sucio rojo. Eran casi las cinco. El televisor trasmitía su discurso victorioso y yo me alegraba de ganarle la apuesta al abuelo. Mientras mis tíos se resignaban a destapar las cajas de Águila que aún quedaban, salí un momento con mi papá y por primera vez leí con juicio lo que decían esas rejas de bronce, “La casona solariega de Thomas y Jovita”, que jamás estuvo tan sola, como ese ocho de agosto del 99 desde la partida de su amada.

En ese momento miré que le faltaban a la muralla algunas piedras calizas.


lunes, 15 de junio de 2009

Un poco menos miserable


Mi despido esperaba sediento en el restaurante. ¡Carajo! nuevamente llegué tarde. Dos horas después como de costumbre. El patrón ya no creería en la enfermedad intermitente de mi hermana, todas las semanas le salía algo nuevo. La he convertido en una desgraciada hipocondríaca. Qué pesar con la pobre Irma, tan buena y noble ella. Ninguna empresa exitosa pagaría por ese culo de ochenta kilos. Ni yo misma la contrataría. Ella esperando que la llamen de los veinte establecimientos en que repartió su pobre currículo, y yo acá presintiendo que voy a perder el puesto una vez más, como suele pasarme.

Eran las 9 AM y no tenía un solo peso para salir. Tomé el primer taxi que me paró, y sonreí al chofer. Me senté a su lado. Traía la misma ropa que tengo en este momento, una falda de jeans con un top escotado. Mi rostro recién maquillado resultaba agradable, tanto que el negro enfocaba el brillo de mi boca a través del retrovisor. Mientras esperaba que el tipo mirara mis piernas, cosa que no hizo, inicié la conversación. Él no hablaba nada de servicio, sólo se limitaba a responderme con monosílabos de mongól.

Ya íbamos por la Cruz Roja y el silencio permeaba las ventanas del zapatico. El negro no quiso entrar en confianza, y cuando me disponía a rozar accidentalmente su penca grande -digo grande porque la mayoría de las negras que he probado son enormes- el negro prendió el pasacintas y empezó a tararear esas alabanzas aburridas. Tenía que ser evangélico. Gordo, negro y fanático. A lo mejor era gay. No todos los días se encuentra uno con un taxista que le ofrezca 200 mil pesos por estar con él. Yo me lo encontré hace poco, en uno de esos días de retraso en el restaurante. Tengo que admitir que sufro de anorgasmia y que no soy de esas mujeres que le ponen corazón al asunto. Yo sé para qué se hizo la de abajo. Ahí se lubrica el poder.

Le pedí al taxista que llegara a la bomba del Castillo San Felipe para cambiar un billete de cincuenta. Él aprovechó para tanquear. En ese momento me salí del carro y cogí una moto. Luciano me la pagaría en el restaurante. Pregúntame si me importaron los gritos del taxista.

***

Prendí un cigarro y llegué al Portón a las 10 y pico. Luciano, el patrón, me pagó la moto sin decirme nada. Me extrañaba su actitud. Parece ser que su mujer se la está moviendo bien rico por estos días. Eso me alivia. En verdad me exime de ciertas veladas vespertinas. Y es que cada vez que terminaba de repartir los domicilios él me llamaba en privado para que le entregara las cuentas, lo que siempre terminaba en una chupada. Me pagaba el día al doble por chupar su pequeña rojiza. Recuerdo el día en que la conocí. Subí a un apartamento en Manga donde necesitaban personal para un crucero. Irma me acompañó esa vez. A la pobre ni la llamaron. Se quedó en la sala de estar junto con tres muchachos mientras yo charlaba con él. “Mucho gusto Luciano Veroni”, me dijo. No tardó tanto para llegar a la exploración. “Puedo ver su cuerpo?” Yo se lo mostré sin agüero. Por el apartamento se notaba que era un tipo de clase y además tenía ese acento paisa que tanto me excitaba. “Puede chupármela?” “No” le dije. “Ehh, disculpéme. Quería probar si sos una perra”. “Lo puedo ser”. La cosa se ponía caliente. Al final me contrató por tocar su verga. Un ligero roce labial que me volvería la nueva administradora de El Portón. Pero hasta el día de hoy sólo soy aquella que reparte los domicilios, esperando un vil ascenso, o enhorabuena, empreñarme del paisa.

“¿Yuranis ya terminó con los domicilios?””Sí Luciano. Ya entro al despacho” Detestaba el restaurante con los más grandes cojones. Ya era hora de renunciar. El mínimo apenas me alcanzaba para mantener a Irma, y ya me sentía hastiada de saborear esa carne roja y peluda que tanto marchitaba mi aliento y que tanto prorrogaba mi despido.

***

“No todo el tiempo vas a vivir sonsacando tu sexo”, me dijo Irma hace poco cuando llegué. Le prometí que no volvería a la calle. Ella sabe muy bien de sus peligros. De los chancros que se contraen por ahí por unos cuantos pesitos, y de las enemistades femeninas que uno se gana por acabar con la arrechera de unos machos insatisfechos. Ya me harté de lavar la grasa que dejan esas ollas engorda culos de El Portón. Ya me harté de estar llevando domicilios por todo el centro amurallado. Ya me harté de chupar la verga roja y sudorosa de Luciano. “Pero no te vayas de allá sin quedar preñada”, me aconsejó mi hermana que tanto sabe de las mañas de la vida. No en vano ha ido presa un par de veces. A veces pienso que desea me ponga tan cerda como ella para sentirse un poco menos miserable.

domingo, 5 de abril de 2009

La sangre llama

A veces quedan doliendo

heridas que están cerradas

aunque estén cicatrizadas

por dentro siguen ardiendo.


“Quién lo creyera. Ese que se acaba de ir alguna vez fue atleta, alguna vez tuvo fama, alguna vez tuvo amor” alguna vez.


El acordeón cadente retumbaba a dos cuadras del parque. Era como si detectara desde distancias inhóspitas el eco de Alfredo Gutiérrez y el aroma de un whisky destilado. La parranda lo llamaba. Él sabía que Los Galileos se reconciliaban cada domingo en un idilio vallenato. La caja, la guacharaca, la amplificación. Cada uno con su instrumento y con sus mujeres. El Creador descansa y ellos recuerdan cómo se siente la juventud, esa que rehúsan a olvidar a pesar de las arrugas y las canas grisáceas. Las de Marquito eran moradas. De vez en cuando se las oscurecía con Bigen.


Los buscaba hasta el cansancio. La parranda galilea era un imán para un Marcos Ortega empapado en sudor y con su acordeón a la espalda. Cual caminante de recovecos, vestía su habitual sudadera, zapatillas Adibas y una camisa de flores, atuendo anticorrosivo para el olvido. La Gacela cojeó ese día desde el Centro hasta el parque de Bruselas.


“A mi hermano le gustaba correr. Era uno de los mejores atletas de Mahates de los años sesenta. Por ese tiempo se escuchaba en La Voz De Las Américas a Bob Canel, el narrador de las Grandes Ligas de Béisbol que era el deporte más jugado en ese tiempo acá en Cartagena. Entonces Marquito le escuchó a él hablar sobre unas olimpiadas en Europa en las que ganó por primera vez un negro la maratón- yo nunca lo escuché- y pues de allí se le metió la idea del atletismo, más porque era negro. Eso fue como a sus 15 años”.


Alfredo Ortega, tres años menor que su hermano atleta, nació en el lapso del Bogotazo. El sol iridiscente de ese domingo excitaba en sus manos el acordeón de Emiliano Zuleta. Lo dominaba perfectamente. Al tiempo, Arnulfo Llerena “el Señorón” interpretaba La Sangre Llama. El imán. Positivo y negativo estaban a punto de colisionar. Marquito Ortega aparecía en la fiesta con su sonrisa incompleta.


“Cuando Marquito llegó a Cartagena por ahí en el 64, tenía un estado físico envidiable y por eso lo metí a practicar con la gente del Fernández Baena. Era el único del equipo de atletismo que no estaba en el colegio. Nunca le gustó el estudio, le gustaba la música. Parece mentira pero comenzamos a practicar en el mismo grupo y mira hoy cómo toca Marquito. Como era tan veloz le apodaron La Gacela. Compitió con el Fernández y luego a nivel departamental logrando varios triunfos para el atletismo cartagenero. Luego conoció a Estelita y no por ella, pero desde ese tiempo se vino formando el Marquito que hoy ves aquí”.


Nos saluda con su voz nasal. Aquel que ganó en su juventud dinero y prestigio con sus piernas veloces hoy cojea pidiendo una cuelga por su interpretación magistral. Conoce bien el arte del acordeón. De vez en cuando da clases. “Marquito mandas cáscara” le dice William “aquí lo que hay es comida mi hermano”. Mientras las Evas galileas ríen y susurran que nadie lo invitó, la cuñada de Marquito repudia con disimulo su presencia. Ya no puede hacer nada, ya está aquí queriendo beber. “Aquí ninguno te va a dar trago, así que deja ser faltoncito” replica Mayito en carcajadas. La vergüenza de Alfredo se derritió en un instante.

“A finales de los 60, él comenzó amores con Estela. Ella era simpática, delgada. Marquito no era feo en ese entonces.


-Eso sí, esa nariz de bruja y los ojos saltones son viejos. Dijo Mayito

-Estela vivía por el Bosque y nosotros en la casona de Manga antes del cementerio en la primera avenida. Marquito a veces se iba corriendo a visitarla. Corría por toda la vía donde pasaba el viejo ferrocarril, por toda esa parte que hoy es la avenida Crisanto Luque. En una de esas se cayó, y tuvo una lesión en la rodilla que lo dejó cojeando, se rompió unos ligamentos, que pues perjudicaron su atletismo. De hecho ya no lo practicaba casi, no era su prioridad. Él le echa la culpa a su rodilla, pero no es así. Marquito comenzó a andar con badulaques, se metía en billares, cabarets, y no permanecía mucho en sus trabajos. Dejó en cinta a Estela”.


Sin un solo trago Marquito interpreta la siguiente tanda con su preciado patrimonio, un acordeón Honner. Si los ojos le faltaran no dejaría de entregarse al ritmo en sincronía con la caja, el timbal, la guacharaca, la voz, en ocasiones los cierra y dura eternos lapsos de oscuridad en los que siente con violencia la energía de la puya, del Son, del merengue, con esos dedos tan hábiles como los de un pianista que acarician los botones como si fuese el delicado cuerpo de una dama de caderas cadenciosas. Los presentes se deleitan al unísono de sus melodías. Marquito es un monstruo. Bravo.


“Y fíjate, el acordeón no fue quien hizo que Marquito se perdiera. Tampoco fue el atletismo, está bien. Tuvo la oportunidad de entrar al muelle y no quiso. Pero Dios le regaló otra oportunidad, otro talento, la música, con la que pudo salir adelante, y bien ves que conserva su don hasta hoy pero lo ha echado a perder. En los Galileos nadie toca como Marquito ¿pero porqué está así de patuleco hoy? por la droga”.

Con la garganta seca y el aliento de hiel Marquito come y recoge su acordeón. No se despide de nadie. La melancolía de su rostro mustio que bordea bruscamente los ángulos de su cráneo se marcha. Se marcha a buscar otro lugar donde emborracharse, con qué emborracharse o a costa de quién. La alegría sigue con la música en la terraza amplia de rejas altas frente al parque de Bruselas. Alfredo se excusa por Marquito. Aun resentido, agradece a Los Galileos que le negaron una copa o una moneda. Se quita un peso de encima, después de todo es su hermano.


Ese es el hermano que más quiero yo/
pero to´a la vida me ha querido fregá.


“Nosotros nos hemos cansado de ayudarlo. Siempre vuelve diciendo que ha cambiado, que ya no toma y no consume, que ya está trabajando enseñando a tocar acordeón. Pero vuelve y cae, vuelve y cae. Mi sobrina Rubi duró mucho tiempo sin hablarle. Cuando parió Estela, Marquito vivió con ellas hasta que Rubi cumplió cinco y luego se perdió por casi ocho años. Nadie sabía donde estaba. La droga fue su ruina”.


Hace un año Marcos Ortega negoció su bienestar a cambio de una parte de la venta de la casa familiar en Manga. En ese entonces su integridad costó 25 millones de pesos. Con el parlamento sacado de la tragedia de su vida afirmó una vez más que cambiaría, que dejaría el alcohol, el bazuco, que trabajaría y haría algo productivo por su vida, que le daría la mitad de la herencia a su hija Rubi como efectivamente lo hizo, sin contar que cada que se embriagaba con su mujer de turno la que lo amó con su bolsillo próspero y hoy está en brazos de otro, le formaba un escándalo a Rubi en el silencio de la penumbra exigiendo le devolviera su herencia a retazos, como lo hizo ella sin gastar un peso de ese monto maldito por una rodilla.


“Cuando tuvo el dinero ¿tú crees que apareció más por acá? Antes barría y hacía marañas para levantarse el almuerzo, desde que le dimos la plata ni más volvió. No se acordó de la familia, ni de los Galileos. Tampoco cumplió su promesa, eso era de esperarse, nosotros hicimos lo que pudimos, es su vida, él verá. Cómo será que en tres meses se gastó sus 13 millones y corrió a quitarle a su única hija aquello que nunca le había dado. Ni los Galileos tomaron una sola gota de ron del bolsillo de Marquito. Por eso no lo queremos por acá, que acabe su vida por otra parte”.


Nadie detuvo a Marquito. Nadie se ofreció a llevarlo a los arrabales en donde duerme. La parranda continuó hasta la media noche, hasta la última gota de Old Parr, hasta el cansancio de estos músicos geriátricos. La Gacela llegó cojeando a los lados de la zona Franca, en el callejón perdido que amenaza su estadía por moroso. Se acuesta en un cambuche de cartón al lado de dos muchachitos y sus porros. Enciende el suyo. Marquito duerme como un ángel entre su suciedad y su saliva. La sangre llama a su hermano a la misma hora y en su cama King Size. Alfredo se acuesta en el regazo de una Mayito de ojos tambaleantes. rezó esa noche porque su sueño fuera tan real como el canto de Poncho.


Por eso vivo orgulloso

En compañía de mi hermano

porque yo nací pa´ Poncho
Y Poncho para Emiliano





jueves, 19 de marzo de 2009

El Ilustre




Solitario. Aquel domingo nocturno se mantuvo en vilo en su cuartel getsemanisense. No por Indira, ni por las dos damitas que comparten su cama a menudo. No por un encargo académico o por alguna culebra. No. Ahí estaba en su almohada, solo él, y su vómito, solo él y su malestar, incapaz, indefenso, desprovisto de ayuda. Esa noche extrañaba el abrazo cálido de su madre y el aroma de un café en Barranco de Loba. Pudo ser más fácil decirle sí a la guerrilla o infestar la política de ese pueblo inmóvil del que decidió partir en 2003. Más aquí está él. Ese de gran elegancia y de mirada noble. Ese de torrente liberal, se prepara para ser el hombre de cambio que necesita el sur de Bolívar, terruño olvidado por el tiempo. Ese es Luis Carlos Campo Gómez.


“Ya te veré “tramuyando” en Barranco de Loba, robando a dos manos”, le dicen mientras acomoda su taco tras la tercera bola. (Risas) “Nojoda y yo que te iba a poner de jefe de prensa de mi gobierno, así no me sirves compañera”. La blanca hace un ángulo con una fuerza que le pega a la tercera al otro extremo de la mesa. Ella entra. Entra además la sexta bola. Luis Carlos me da la espalda y choca las manos de Leisla sin percatarse de su blanca en movimiento, que lentamente se aproxima a la segunda tronera. “No entres, no entres, no entres” pronunció con hipnosis, pues la bola al fin quedó justo en el vértice, a un centímetro de su muerte. “Ayyy mi amor tú con quien crees que estás jugando”, le dice a Leisla. Ella responde “Ahh bueno, si va a haber un muerto aquí ¡Qué lo haiga! Vamos a apostar la caja de costeñitas al que gane este juego”.


Era mi turno. Estaba de principiante en este deporte machista. A Leisla ya la conocían en el lugar. Venía con frecuencia con el “político corrupto” como le decían en la universidad a Campo. Por ello no me dio pena subir a ese antro, al billar ABBA, con sus paredes mugrientas, sus taburetes percudidos de negro y un cardumen masculino programado para el ocio.


-Tienes un minuto a Tigo? Me pregunta el hijo ilustre de Barranco. Le gustaba que la perdiodista Mónica Balanta lo llamara así durante las emisiones del noticiero radial que presentaron por más de tres meses. “ojala esas palabras hagan ecos en la provincia.. pa que vea usted mi amiga que echaremos pa lo bueno ... pero sin obviar el bien común y general que es la gente linda de mi natal Barranco, que ve en mi un pupilo y futuro líder”.


Luis Carlos habla, duerme y escribe a toda hora su vida materializando su sueño de hacer política. Más tiene una gran disyuntiva en este momento. Ama la radio y por ello desea ejercer un periodismo transparente, objetivo, sin verse comprometido por su partido rojo, plataforma con la que quiere llegar a los estrados políticos de Barranco. El destino no quiso que él estudiara derecho, la vida lo quiso periodista. En su primer examen de admisión no se concentró por estar pensando en Maria Patricia, la mujer de su vida, esa que lo motivó a partir de su pueblo, y que compartió tantas veces sus labios al punto que no pudo concentrarse en las preguntas por aquellos besos perennes en su recuerdo. Dejó de ser abogado por ella, que se fue de la ciudad sin decir nada, quizás con otro, quizás no. Hoy no sabe nada de Maria Patricia.


Fallé mi tiro. Lo intenté nuevamente. Ésta vez si le pegue a la séptima bola. Entró por suerte. “Noo pero no se vale compañera, si repetiste el tiro jejeje”, dijo Campo regalándome una cerveza.


Cuando lo dejó Maria Patricia, Campo y su corazón errante terminaron en Pasto. “Allá hice mis pininos en el modelaje, duré exactamente un año, año en el que me aburrí, aunque me vacilé a un poco de pastusas”. Los pedacitos de cariño que conseguía en Nariño no cubrían los gastos para reparar su corazón roto. Decidió partir. Regresó a Barranco de Loba y encontró todo irreconocible. Su pueblo dormía atestado de Paramilitares, que por lo menos brindaban una tregua que las FARC nunca les concedieron. Se lamentó por la gente que murió por la acción del fusil incólume de los “paras”. “No eran visibles pero allí operaban, y no había que provocarles molestias”. El pueblo exhalaba tranquilidad. Cuenta Luis Carlos que gracias a Dios nunca presenció masacre o muerto alguno. La guerra perjudicó solamente la economía familiar. Les queda un ganado modesto, no es mucho, pero suficiente para sus viejos, quienes desean mirar desde su mecedora el éxito de sus cinco hijos, y así descansar triunfantes con el orgullo en su lápida, por el éxodo de un hijo que partió en busca del amor y regresó con el progreso, la verdad y la reparación de este pueblo macondiano.


Era el turno de Leisla. La número 12 tapaba su objetivo, la octava bola. Mi maestra del billar se subió con un ademán sexy a la mesa, y pasando el taco por su espalda hizo un tiro de gracia que le pegó a su objetivo sin conseguir meterlo en la tronera, que recibió después a la número nueve. Repitió juego y ésta vez metió la octava. “La décima es mía”, dijo Luis Carlos con su salada lengua hipnótica. Y Así fue, ella falló el tiro. Los tacos fueron golpeando y las bolas llegando a su cueva. La mano prodigiosa del joven que aprendió a jugar billar a escondidas de su padre en el pueblo, fueron las ganadoras de este torneo cuyo premio fue la caja de Costeñitas prometida, con una “pipona” de aguardiente como acto seguido. A Leisla le fiaban en el ABBA. Naturalmente no puse un peso. Me fui con ella de ese antro mugriento que me empezaba a agradar. Luis Carlos llamó a unos amigos y a la mujer que lo hizo olvidar a Maria Patricia, Indira, que se molestó por encontrar a su novio borracho en los brazos de otra, bailando, y que siguió en las mieles del alcohol hasta el domingo, gastando el dinero de la pensión, cuartel getsemanisense que por moroso lo ignoró en el calvario de su guayabo.


viernes, 20 de febrero de 2009

A mi nombre

Y es que sonrío cada vez que te recuerdo. De día tan básico; común. De noche tan largo, tan necio. Tan necio como el viejo que te puso La Esperanza que alguna vez ocultaste, que alguna vez te dio verguenza. Tu gris abuelo, que no quiso agraviarte con tu cuasi apellido, Ana María De La Esperanza; sino quiso obsequiarte un legado, homenaje a su difunta amada. Aquella que recordará sin pausa cada domingo, cuando tenga el calor de tu beso, y compartan el ardor de un Black and White en su casona solariega.

martes, 30 de septiembre de 2008

Bitácora de una diabla


Miércoles 8 pm

Jesucristo hombre bendice a mi dulce Angélica, mi niña adorada. Guárdala siempre en tu regazo. Cada día que pasa me siento más agradecida contigo Papi Jose por la hija que me has regalado. Te doy infinitas gracias. Abba padre.

Puso el dinero en la bolsa y con una sutil reverencia abandonó el altar. En una de las últimas sillas la esperaba Angélica. Parecía de otro mundo. La chiquilla lánguida y vulgarmente agraciada, arrodillada con elegancia, miró con dulzura a su madre, una dulzura hechizante. Tenía al Diablo a sus pies con sus pupilas grisáceas. Magda besó su frente. Esperaron con lágrimas a que terminaran las palabras de Jesucristo. Se apagó el video beam. Terminó la función. Abba Padre.

Jueves 11 am

La niña de ojos grises cumplía 18. Esa mañana llegó tarde a la escuela. Llegó tarde a enseñar el tatuaje que Magda le había regalado horas antes. Un trío de seis inflamado en la nuca. Se sintió la reina de once. Los profesores no la amonestaron como de costumbre. Los dominaba con el conjuro de su mirada.
-Acá entre nos ¿qué se puede esperar de la hija si su madre cree en un estafador que se hace pasar por Cristo?
-Recuerde Úrsula que esa chica se saca las mejores notas. Dijo Ricardo, el director de grupo.
La Diabla, como todos la conocemos hoy, nació ese día en la boca de todo el colegio.

3 pm

Llamó su madre. Mamita imagínate, ahorita tengo una cita con el delegado de una academia de diseño de Medellín porque estoy opcionada para una beca. Los minutos de Magda se fueron en felicidades y alabanzas.

Recostada en una sinfonía de almohadas, repasaba una y otra vez las lecciones que había dejado el director. Se cambió de ropa. Siguió repasando. No encontraba que postura adoptar. Abrió el regalo de cumpleaños de Ricardo. Un DVD. Reproducir -Adelantar. Vio una mujer bañarse en una lluvia de semen. Cinco hombres eyaculando por todo su cuerpo, tocando y besándose en una tormenta gay. Así se llamaba el video. Le causaba gracia.

-Ricky mejor dame por detrás. Mañana si quieres te traigo a los niños que más te mojan, para que se bañen en tu tormenta jajajaja.
-Que graciosa estas mi diablita hermosa, ya tienes tu año ganado mamasita rica. Quiero en mi cama a Ramirez.
-Ese te cuesta cien mil gordi.

Las horas y el sexo pasaron. Recién comenzaba la celebración de su mayoría de edad.

7 pm

Le pidió permiso a Magda para ir a celebrar sus 18 en la ciudad amurallada. Magda le regaló veinte mil. Quédate a dormir en casa de Gonzalo o de Melissa, me siento muy cansada para abrirte a la hora que llegues. Te amo hija mía, cuídate mucho. Llévate el uniforme de mañana.
Gonzalo se despidió de la suegra que no tenía conocimiento de serlo. Me saludas a tu padre. Era hijo de uno de los apóstoles de Papi.

10 pm

Estaba Angélica con su tatuaje escamado, su little black dress y cuatro ángeles más en un chalet de Manzanillo. Dulces beats electrónicos invadían una luna solitaria. La niña de ojos grises reía altiva de las bromas sexistas de su novio, expectante de la materialización de un gran deseo que satisfacían ocasionalmente. Las estrellas y el mar bailaron una danza sicodélica en complicidad con el perico, el alcohol y los ácidos que llevaron a los jóvenes a un viaje sensual.

Viernes 12 am

El festín y la locura se trasladaron a la desnudez de las habitaciones. Gonzalo y su novia acompañaron a la luna en su soledad.
-Deseas sentirte como Dios?
-Sí.

Se besaron como nunca. Sus alientos derrocharon marihuana.

1 am

Gonzalo sacó un revólver. La Diabla sacó un cuchillo. En noches como esta, sus ojos grises cambiaban de color. Ya no eran dulces ni encantadores. Eran los ojos de una mujer excitada por el deseo de matar. Lasciva por la experiencia de ser dios, de ser juez, de dominar el destino de alguien, de condenarlo o condenarse. Ya no era el diablo a sus pies por sus pupilas grisáceas. Era un nativo amordazado a sus pies, quien imploraba a esos ojos por su pedacito de vida.

2 am

Clavó el cuchillo diez veces. Se sintió grande. Se sintió diosa. Se metió un pase.
Gonzalo guardó el revólver. Se ensañó a piedras contra el hombre. Tuvo una erección. En noches como esta el mar llora, la luna se esconde, la arena sangra.
En noches como esta ellos no duermen juntos.

6 am

La dejó en su casa uniformada. Timbró dos veces. Buenos días. Le dijo el hombre que salía fumando. Era su suegro. Buenos días Magda. Saludó a su madre, que la recibía desnuda y apenada dejando al descubierto su tatuaje en la entrepierna.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Catalina


Ay Cata, mi china hermosa, no veo la hora para salir de este monte y llenarla de amor. Tan intenso exhaló Rojas como Jesucristo en su último suspiro.


Lo hacía en las guardias nocturnas. Un encuentro mudo y arrítmico entre su sexo en explosión, su tacto y de vez en cuando insectos morbosos. Esa noche extrañó tanto a Cata en las tinieblas, que despertó con el estrépito, a sus compañeros de pelotón.


- Mire doble hijueputa, me levanto arrecho por ese grito gonorrea pensando que le ha pasado algo, y lo veo a usted maricón agachado con la mano llena de leche. Déjese de huevonadas.
- Discúlpeme Iván. No vuelve a pasar.

Se puso Rojas en pie, cerrando su bragueta. Iván era bipolar. No había despertado su ser. Despertaba su bestia. Esa que le hacía ser temido por los seis bandidos del Bloque Noroccidental que lo acompañaban en ese instante.

- Seguís arrecho? Vení también Martínez!


Con fusil en mano y ofreciendo un cóctel de muerte, el comandante intimó la unión de Rojas y Martínez, sus guardias de turno, obligando a los demás compañeros del Frente a presenciar una orgía dolorosa embriagada de vómitos y lágrimas.


Iván sintió placer con esos cinco minutos de carnicería. Los demás celebraron con hipocresía su gran hazaña. El par vulnerado permanecía silente en la tierra. Otra noche más en este monte.


***
Ya es de mañana. Ya falta menos Cata. Rojas y su pensamiento perenne terminaron su guardia.


La mañana los saludaba desnudos. Había acabado el castigo. Iván durmió bien. Estaba de buen ánimo. Cómo pasaron la noche? les devolvió sus camuflados y sus armas.

Caminaron toda la mañana. Instalaron otro campamento. Le asignaron a Rojas el cobro de vacunas en una población campesina, pero lo pospuso para relajarse. Todo le sabía a mierda. Ya no le importaba si lo encontraban los militares de la zona. Hoy no quería disparar. Hoy no quería matar. La vida que había entregado a las FARC no tenía sentido después de esa noche. Se tomó un café y escuchó la radio local. Llamó a Catalina.


***
Regresó al campamento pensando intermitente en su amada. Otra noche de guardia, otra noche de paja. Otra noche con Iván. Otra noche más en este monte.


***
Es de mañana. Los militares del pueblo estrechan la mano de Iván Ríos. El Bloque Noroccidental se disuelve. Catalina parte a buscar a su amado. Su amado la invoca inmortal.


Es de mañana. No se escucha en el monte la voz chillona de Iván. Ni las viles voces de su fusil. Sólo se escucha el crujir de los insectos morbosos que una vez acompañaron a Rojas, descomponer su cuerpo inerte.