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viernes, 20 de noviembre de 2009

Noviembre tiene huevo

Michelle Rouillard devuelve corona tras unos 9 mil heridos: 4.941 por arma blanca, 9 abaleados, 14 quemados, y un saldo de muertos ignoto en los festejos de Cartagena.
Michelle Rouillard corona a la nueva Señorita Colombia, Natalia Navarro Galvis.

Jamás había sentido tal apego por las ventanas de emergencia.
La mala costumbre de usar el puesto contiguo al chofer, de la ruta Bosque-Crisanto Luque, me acercó al aroma de noviembre. Al sabor de ese mes festivo que comienza incluso antes, en febrero, cuando muere el Carnaval de Joselito y el país empieza a elegir una veintena de candidatas, decentes, con ADN pudiente y cuerpos cercenados, para reñir en cueros, por la corona de la Señorita Colombia, la Reina, y el morbo del pueblo que un 11 de noviembre debiera exhalar independencia y el despojo de un virreinato cruento que se marcharía de una Cartagena, que en estos soles, reboza de turistas.


Pero noviembre se me reveló después de la noche de brujas.


El sábado que despedía un mes de 29 homicidios, inyectó de alegría a Blas de Lezo, al Socorro, Tacarigua, y otros barrios, que se tiñeron de disfraces, buscapiés, de Maizena, de azulín; de la espuma que migró de los jolgorios en Barranquilla; de las piernas malladas de las conejitas de Hugh Hefner y los hombres que fingieron ser mujeres; de las mujeres que olvidaron ser mamás, y dejaron sus hijos glotones a merced de los vecinos y las sectas satánicas noventeras que, al parecer, prescribieron por una violencia cada vez más rutinaria.


-Antes la gente se disfrazaba era en noviembre.


Asintió la voz gruesa de Gladys Meléndez, quien vistió a su familia de aviadores y médicos, y en ese instante, iba a mis espaldas junto a dos chicas mojadas, que se subieron por el Pie de la Popa hablando de las nalgas de la destituida Señorita Valle, mientras los demás en “El Nene Juanky”-como llamaban a la buseta-, escuchábamos las melodías que sólo suenan en noviembre, el “Coroncoro” de la Niña Emilia, el “Suena Suena Buscapié” de Hugo Bustillo, la Gaita, y la champeta de turno, que escolta el circuito en los Bandos anuales al Reinado Nacional de la Belleza -creado en 1934-, y al de la Independencia de Cartagena - en el 37-, donde hoy centenares de vándalos, se camuflan entre un pan y un circo que se riega como el bostezo.


Y entonces, sentada detrás del chofer un primero de noviembre en la luna de las 8:30, probé por vez primera ese sabor acre con el éxito de Michel y Lilibeth “El Camaleón”, ambientando la parsimonia con la que recogían pasajeros por la Avenida del Lago, que nunca me incomodó con Bazurto, su mercado, hasta que sentí una punción y el hedor impregnado de sus aguas y sus desechos entre escamas de pescado, vísceras de vaca, cerdo, frutas podridas, huevos y animales muertos, y manché de rojo el pañuelo viscoso tras el ataque que reventó una bolsa de porquerías en mi rostro y en el de mi compañero de puesto.


- Por lo menos fue un huevo podrido, no esa agua puerca


- No señora. Si son lo mismo porque ambos infectan,
discutieron los pasajeros al ver la cáscara color piel, rota en el suelo del Nene Juanky, mientras mi compañero y yo sólo implorábamos rapidez a un conductor pringado que se negó a cerrar las puertas con una máxima incuestionable


- Están mamados.


Una vez los labios y nariz ajados, supe que noviembre huele a mierda, y que sus fiestas tienen huevo. Y que en las semanas próximas debía usar las ventanas de emergencia para evitar otro “huevaso”, pues la tradición novembrina da licencia para irrespetar al transeúnte, mojarle, ensuciarle y exigirle dádivas a cambio. Y todo este festín, que se volvió criminal con las horas, despertando con 13 muertos los primeros doce días, sucedió sin que las reinas y unas autoridades triplicadas en eventos del jet set, se percataran a tiempo.


II


José Saray tiene cuatro años “rebuscándose” en las fiestas. Se unta aceite quemado, barro, pintura roja, una aleación auriverde, y cualquier combinación que se encuentre, para pedir plata junto a tres compañeros. Le gusta el Centro, pues, asegura, que se puede hacer más de veinte mil pesos tan sólo en esa zona y en pocas horas,


-las mujeres y los gringos son los que más dan plata.
Cuando le pregunto que por qué lo hace me dice que


-Pa qué más, pa beber. Se ríe y espera mi moneda de 200.
Saray desconoce quién es Pedro Romero. Ignora por qué motivo marchan las comparsas que han salido por la avenida Venezuela en el Bando de la Independencia de las reinas populares. Ignora por qué razón bebe durante dos semanas interminables. Comparte la misma respuesta que los demás “negritos”, a quienes he entregado 2 mil pesos, para llegar ilesa al almacén donde trabajo.


Comparte además la esponja grasienta y un palo altivo rememorando, sin querer, las armas que llevaban los Lanceros Getsemanisenses, que en 1811 se unieron a los mulatos y negros oprimidos para recuperar la igualdad negada por una elite criolla, y junto al habano de Pedro Romero, tomarse la Junta Suprema de Gobierno, logrando así, la independencia de Cartagena, un día como éste, 11 de noviembre, lleno de alcohol, celulitis y tetas gratuitas en carrozas, disfraces, espuma, y una Shakira obesa enjaulada como una loba.


-Yo me pinto es pa espantar.


Pero no alcancé llegar ilesa. Un muchacho me roció con espuma carnavalera, un producto más costoso que el buscapié y que la Maizena-5.000 pesos-, que no mancha, no quema, es de larga duración, y que funciona, entre otras cosas, para lograr mejores atracos.
En Barranquilla se prohibió la Espuma Carnavalera por riesgos sanitarios. Decreto 0082 de 2008.

III

A Mario Mejía le arrancaron de sus posaderas, el bolsillo trasero con un Motorola U9, mientras salía por una boca de la muralla a mirar la Batalla de Flores de la avenida Santander. A sus compañeras de oficina sólo les quitaron 200 mil pesos. Todo esto pasó bajo la nube espumosa de unos mañosos ágiles, una hora antes de que apuñalaran a uno de los asistentes, fuera de los palcos de Cerveza Águila, de un bando que le copió nombre a la parranda de la vía 40 en Barranquilla.

Este año "tuvimos 4.941 consultas por herida de arma blanca, nueve fueron por heridas de arma de fuego, a primer nivel consultaron nueve pacientes quemados por pólvora" dice el director del Centro Regulador de Urgencias de Cartagena, Álvaro Cruz. Otros 4.000 asistirían a consultas por riñas callejeras, accidentes de tránsito y atracos, mientras sobre los muertos, ninguna entidad tendría certeza hasta el momento.

El periodista Luis Carlos Campo contó con la misma suerte que Mario. En las dos veces que ha asistido al bando de san Diego ha sido robado. La última fue por unas damas coquetas que le rociaron espuma mientras estallaba un buscapié, y el aguardiente acababa entre centenares de petardos ilegales que reventaban en sus cabezas y en las de los guerreros, que este año, dejaron a 14 quemados oficiales, según el Departamento Administrativo Distrital de Salud.

La cifra de quemados por pólvora y fuegos artificiales incrementó un 100 % en relación al año anterior. Cifra que no incluyó la muerte de dos niños de dos y cuatro años que ardieron en las brasas de su casa maderada en La Candelaria, mientras, el Cuerpo de Bomberos presume, sus padres, se embriagaban con la hiel y la música de las fiestas de Pedro Romero.

Por infortunio Miguel Ángel Plaza conoce este sabor. Su amigo Alexander Contreras murió abaleado mientras ambos hostigaban a un hombre con agua y harina que se escapó en una motocicleta, propinando disparos, en un retén improvisado para comprar ron, según cuentan testigos del sector de Henequén.

Esta casa vive la tragedia de Alexander Contreras, muerto por participar en un “retén”.

-Es que desde el mismo momento en que te agreden con aceite, con palos, con mierda o a cambio de plata tú estas en el derecho de defenderte,

comenta Jerónimo Cuesta, mientras vamos en el carro que el 14 de noviembre, en el auge de las festividades de independencia, intentaron partirle en un retén en las inmediaciones de Olaya Herrera a cambio de plata.

-Desde ese momento hasta el niño deja de ser un niño, se vuelve delincuente,

susceptible a cualquier agravio, pues, entre otras cosas, en noviembre el trago y el vicio son las constantes, y nadie tiene asegurado la reacción del otro desconocido, ese, a quien se agrede por mala costumbre.

IV

El bandito de las Gaviotas del día 13, famoso por sus guerras de buscapié y sus predecibles riñas, contó este año con una participación masiva de aproximadamente dos mil aficionados a la pólvora, pese a las amenazas de muerte que sufrieron dos de sus organizadores, entre ellos Irma Jiménez, para que no se realizara el evento.

-El bando comienza a llenarse una vez acaba el desfile, después de 6 de la tarde

me dijo alguien a quien llamaremos Jota, que asiste asiduamente a rebuscarse, sin querer herir a nadie, con la venta de estos explosivos que se consiguen desde 200 pesos, dependiendo del cliente, y se venden incluso con “tombos” enfrente, muy a pesar de las prohibiciones.

Jota, quien el resto del año trabaja como lavador de carros, se hace hasta 40.000 pesos en una noche mala con la sola venta de este artefacto enrollado con cinco centímetros de papel y pólvora. Un compuesto peligroso por su difusión irresponsable, que puede comprometer la vida de muchos infantes en estas fiestas que hace años perdieron su horizonte y se volvieron festín de los atracos y el vandalismo.

-La espuma es igual de nociva que la pólvora

alega, mientras se toma una “fría” y me cuenta que un familiar suyo perdió la visión totalmente hace veinte años, cuando le arrojaron varias bolsas con Cal aguada, que se deslizó en su cara, blanca y ardiente, haciendo noche sus días y desgraciando la celebración del triunfo de Lizeth Yamile Mahecha, señorita Atántico 1989.

-¿Y dónde está su primo en estos momentos?

-Dándose mecedor en alguna terraza de Baranquilla.

¿Y dónde se meten los “tombos” en esos momentos?

V

Por casualidad, escucho la respuesta al jurado de la señorita Bolívar y decido cambiar de canal.

- Este país tiene su gente que es pujante y berraca, tenemos de todo, tenemos mares y tierras hermosas y tenemos las reinas que es lo mejor que hay en este país.

Son sus tres razones para convencer a un extranjero de visitar Colombia. Mientras la Señorita Cundinamarca responde a una pregunta estética:

- La persona hace al vestido, no hay nada más importante que la actitud.

Me avergüenza pensar que durante 75 años Cartagena haya celebrado con ahínco un certamen que premia una belleza que termina hasta donde llega la boca. Una belleza que desplazó los antiguos cabildos que desfilaban en honor a la independencia, a la igualdad y a la libertad lograda en ese 11 de noviembre. Un evento social millonario que divide como el muro de Berlín, y reproduce en las pantallas a una Cartagena rica, la de Raimundo, sus niñas, sus eventos, yates y cocteles, y la Cartagena pobre donde el pueblo se malgasta en dos semanas y se acaba mutuamente de riña en riña.

En la mañana del martes 17 despierto con una nueva soberana, la señorita Bolívar, mientras leo las estadísticas de las festividades de independencia en la prensa española, y Campo Elías Teheran Dix comenta con un “bang bang” que el sicariato ha despertado como demonio durante esta primera quincena. Ya mi boca ha sanado. Ahora sí puedo alejarme de las ventanas de emergencia de las rutas de Bosque-Crisanto Luque, por lo menos hasta febrero, cuando despierta noviembre.



lunes, 12 de octubre de 2009

Los exiliados de la Plaza de San Diego


Esa tarde contó con suerte. Mientras llegaban los demás propietarios del suelo, los artesanos presentes permitieron que el muchacho extendiera su bollo aterciopelado con aretes, manillas, atrapa sueños y pulseras, en una de las paredes desnudas del pozo que a las seis en punto se tiñe de colores y nácar, como una traviesa perla que flota en medio de los tres "mares" de un Juan de pantalones apretados.

Simón sentía alivio. Ese martes tendría un jornal pacífico y recompensado si acaso a las autoridades no se le daba por revisar los permisos que deben portar los artesanos para permanecer en cualquier andén del Centro Histórico. El chico tiene 18 años. La edad no lo iguala a los vendedores oficiales de la Plaza de San Diego. Para ello necesitaría 10 años de permanencia en un sitio, como lo exige el procedimiento por el que han pasado decenas de artesanos, a cambio de la Confianza Legítima distrital que por 60 mil pesos lo autorizaría como comerciante informal en ese pedacito de espacio público.

Se iban las cinco y la plaza del Tango Feroz comenzaba a llenarse de guitarras, universitarios y locas, sin traerle a Simón la primera venta del día. El progreso de la penumbra acompañaba el escándalo de unos chicos en el muro que da la espalda al hotel Santa Clara, que no quitaban sus miradas de la entrepierna de alguien parecido a Lorenzo Lamas, aún cuando sus partes estaban cubiertas de un delantal blanco, pantalones cortos y una cuello en V ajustada que enseñaba sus pechos y sus brazos bronceados en el negocio de la esquina de la calle del Torno, justo en frente del puesto concedido a Simón.

El chico se distrajo al componer unos collares en el terciopelo agujerado que colgó en esa parte del pozo descuidando la bicicleta que estaría detrás de él acompañándolo en sus noches de fuga. Cuando quiso voltear se encontró con la cremallera de cobre desprovista de delantal, unas piernas tonificadas y un Juan del Mar curioso que admiraba sus creaciones artísticas.

Los flashes tímidos que apuntaron a Juan en los siguientes segundos bastaron para generar miradas hacia el puesto de Simón. Minutos después de la desaparición del que lenguas picantes señalarían como el "patrón" en la Plaza sandiegana, por el emporio gastronómico que tiene en sus mares, ya el muchacho había hecho treinta mil pesos con la venta de un rosario a una pareja de argentinos. Y con ello vendría el exilio.

***
Ser un artesano exitoso es cuestión de tacto. Depende de la calidad del trabajo y de los materiales, pero también del “marrano”, como se le dice en el argot costeño a las personas que desconocen determinados productos y que están dispuestas a pagar cualquier precio. Recuerde. Alguna vez en su vida usted ha sido "marrano" de algún artesano o de algún comerciante informal. Yo lo fui una vez de Starling Leever Hooker, un artista plástico y diseñador gráfico de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena y estudiante de administración naviera y portuaria, que un día cualquiera descubrió la oportunidad en el negocio artesanal y decidió dedicarse a ello.

“Esto es lo que me gusta” dice el sanandresano de 25 años asegurando, con una gran sonrisa, que en un día malo se puede hacer como mínimo 15 mil pesos, poco menos que lo que gana alguien con el salario mínimo promediado a un mes; y en uno de esos días buenos, que asegura son muchos, puede vender hasta 200 mil pesos en chalinas guatemaltecas, aretes oxidados, trenzas, joyas y artesanías de Tuchín, Córdoba, entre otra cantidad de artilugios del Rastafarismo.

Starling, que se asienta desde la mañana adyacente a la Universidad de Cartagena, pertenece, como los artesanos del pozo nacarado de san Diego, a la Asociación de Artesanos de Cartagena -Asoarca- en la que paga cinco mil pesos mensuales para que no pierda vigencia su escarapela de confianza legítima del Distrito.

***
A las siete en punto las cajas de vino tinto comienzan a perderse con la tierra, las colillas de cigarro, y las botellas abandonadas en las zonas verdes de la Plaza. A esa hora hasta el piso tiene sus dueños. La juventud se esparce a la entrada de Bellas Artes, en los muros y en los andenes que bordean este sitio de culto a la tertulia libre y a las copas compartidas. A esa hora el baño de mujeres en aquella tienda usurera de la esquina ya no tiene más papel, y la mujer canosa que barre en horarios intermitentes comienza su faena con los desechos de los fanáticos del clon de Lorenzo Lamas y de cualquier muchachito simpático que se atraviese, como si su mutismo bastara para ahuyentarles. Aquella escoba inquisidora, que no gusta de nadie, advertía también el final de la tranquilidad y de las ventas de Simón.

“Allá viene la dueña del puesto jovencito”, le indicó al artesano que ya comenzaba a acomodarse en la porción del pozo que le pertenecía a la otra por su presunta permanencia. Los artesanos de la perla entre los mares del Juan de pantalones apretados permanecerían allí hasta el último movimiento de sus visitantes. Mientras tanto los otros, artesanos exiliados de cualquier espacio público fijo, pasan sus días entre caminatas bajo el sol y asentamientos temporales con la zozobra de que en cualquier descuido sus mercancías sean decomisadas, y lo único que les quede sea el mantra esperanzador "Dios proveerá".

La noche es larga para Simón y su bicicleta.

jueves, 1 de octubre de 2009

El Centro despierta con sus durmientes


El centro despertó esa vez a las siete en punto. Los portones se desnudaron abriendo su sexo colonial al público, entre almacenes, casonas, hostales, expendios y restaurantes, que daban vida a las callejas que se desocupaban de pordioseros.

Hasta ellas no llegan los gallos. Por ello la fresca sirena y el sonido de las motos verdiblancas en esa mañana de sol arrecho, avisaron puntuales a los durmientes de la zona histórica el inicio de sus jornadas habituales.

Restregar sus lagañas y acomodar los cartones que no estén húmedos, sería para muchos, el primer paso de un viacrucis que dura alrededor de doce horas, hasta que el sol vuelve a su sitio. Para ese primer momento, ya los fruteros se encuentran instalados con sus chazas; las fritangas y jugos móviles comienzan a pedalear por las zonas concurridas, y los “agáchate” legales sacan sus estructuras de madera con carpas y un surtido completo de chócoros, cuya compra se nos ha vuelto una norma consuetudinaria.

Entrada las ocho y sin un primer bocado, un hombre vestido en mugre y pantalones inicia su jornal monedero extendiendo la herida larga y pútrida a la altura de su tibial anterior por los andenes de la calle del Tablón, en los que está prohibido cualquier asentamiento de comercio informal.

El señor es el único que se vende en el sector. Hace parte de la población económicamente activa de Cartagena que no está desempleada. Ignoro si alguna entidad le ha intentado curar la pierna roja por la que pide cada mañana. “¡Niña. Una monedita! ¡Papa, una monedita! ¡Señora, una monedita!”, dice con gracia infantil a todo el que pasa por su frente. Casi siempre me hago la loca, lo confieso. Ese día eran las diez, y abierto Porvenir, Chicha Cremas, y AlPie, ni el mismo sol volvía a saber de su nudismo, ni de su delirio viscoso de goma amarilla.

***
El interior de las Murallas parece una colonia hormiguera. Decenas de personas caminan por las calles y plazas, evitando quemarse con las arepas, patacones y freidores que colindan las esquinas, hasta donde está permitido invadir, al tiempo que esquivan carros en marcha, alertas por la usurera grúa del Tránsito, que con fidelidad le copia a la muerte al querer llevárselo todo.

Atravesar ileso la Calle de la Moneda resulta todo un logro. Los andenes estrechos de una de las arterias más concurridas de la Amurallada, desesperan a cualquier cristiano. O si no, pregúntenle a él, a aquel moreno de piernas confusas que a diario se postra allí, a esperar en sus manos el amor de unos caminantes, que más de una vez le han pisado absolviendo su descuido con monedas de 50. A veces con billetes de mil. Frente a él también pasan las motos y mini carros verdiblancos, escoltando a las camionetas que tienen el perdón de aquella grúa usurera, por un papel con firma y sello de los altos mandos folclóricos que se exhibe en sus curtidos vidrios blindados.

A este señor se le puede encontrar hasta que cae la tarde en el mismo sector. Gana lo suficiente con el servicio que presta, provocar emociones y susceptibilidades en los transeúntes, al estilo de los curas. Si come o no, al parecer no es problema de nadie. Cosa distinta ocurre con un anciano de suéter negro, que camina más de lo que los médicos recomiendan. Me topé con su cabeza entrecana, ese mismo día, de camino al trabajo. El señor habla con alguien, no sé si con el de arriba o con el de abajo, acompañado de un patacón. Le he visto alzar sus manos al cielo y ponerlas en sus sienes. Pero no es muy constante encontrarle. A veces se sube al borde del mar en la avenida Santander a sostener sus charlas mudas. Lo cierto es que el señor oscuro no se dirige a nadie más que con sus fuertes miradas. Ya eran las 12 y media. Hora en que se consumaba mi hambre, y los jugos gástricos descomponían una obra de misericordia sin dueño en un estómago atrofiado por desuso.

Y entonces los pies me llevaron a la Calle del Arzobispado. La Notaría Primera funciona diagonal a donde trabajo. Un joven mono y tiznado que en los pasados días deambulaba con dos cachorros cafés amarrados a su cintura, apareció en esta tarde sin sus acompañantes. Su “presencia” canina le arruinaba las ventas a San Pablo y sus artilugios de salvación, que se han visto desplazados por el nuevo Ángel del Dinero con el Óleo Sanador que promocionan, a precios módicos, emisoras tradicionales. El mono se metía también hacia la Notaría. Los perritos, hoy ausentes, lucían siempre cansados. Más el hombre los acariciaba y los consentía con fuerza quizá para apaciguar mutuamente esa evidente hambre de amor, que le generaba ganancias. En la última semana el Mono estuvo ocupado en el mismo servicio de las emociones, recibiendo dinero por ello, lo que bien podría excluirlo de la ascendente Tasa de Desempleo en Cartagena.

El último día que los vi, iba él con el torso desnudo y ellos sujetos a dos cables coaxiales. Días atrás con unas pitas de colores. “Por fin habría liberado a los cachorros”, dijeron mis compañeras esta tarde al verle solo. Pero dos horas pasaron y con ellas las malas noticias tocaron la puerta.

"Ese man mata a los perritos", le escuché a Daniela, que asegura haber visto al mono con caninos tecnicolores por la Escuela de Bellas Artes.

Unos dicen que cualquier noche se le da por estrangularlos. Otros que los despelleja para su cena. Lo cierto es que, como las charlas ignotas del anciano de negro, nadie conoce con certeza la suerte de los desaparecidos. O por lo menos, nosotros no, los que andamos sin bolillos y sin quepis. Pues cayó la tarde y los verdiblancos, como suelen hacer en sus rondas consuetudinarias, restablecieron el orden público llevándose al mono a mirar si la puerca al fin puso o no, en las trincheras aglutinadas por durmientes históricos, que en el cauce de la noche, retornan a sus andenes coloniales, reservados especialmente para ellos con el permiso que les otorga el Distrito.

*El Estado y sus instituciones están funcionando. Los ciudadanos participan activamente en lo concerniente a sus estudios y resultados. Si los durmientes del Centro Histórico en teoría tienen las condiciones para excluirse en las estadísticas económicas sobre desempleo en el Distrito, no deberían preocuparnos tanto los números.

lunes, 17 de agosto de 2009

El día que pronostiqué la victoria de Samper

Siempre hemos entrado al revés a la Casona Solariega. Una muralla de piedra caliza que en las noches de picó se desmoronaba como arsenal de un tropel “champetudo”, te recibía en el tercer piso. Han pasado diez años desde que sus hijas decidieron quitarla, entre otras cosas porque el viejo solía pagar por sus propias piedras, aquellas que Aurora removía cuando él dormía en su mecedora centinela, y que luego le vendía con cinismo, al saber que le gustaban tanto como sus mecedoras, y el whisky que ella misma le fiaba.

La terraza era grande, quedaba en el tercer piso. Recuerdo el día en que pronostiqué la victoria de Ernesto Samper, cuando tan sólo tenía seis años y justo después de una noche del Sibanicú en el parque. Todos en la casa apoyaban a Pastrana, le gritaban cual fanáticos. La gente comenzó a llegar a eso de las 12. Ya la yuca, el ñame y el plátano estaban pelados y dispuestos en las ollas que Juana estaba encendiendo a carbón y gasolina. “Juana, ¿cuándo me traes más piedras?”, le dijo mi abuelo a la mensajera de Aurora, quizás como excusa para que le surtiera del licor que le alborotó la diabetes. Mis primos y yo crecimos los domingos en medio de la Cerveza Águila, la lengua de tres mujeres y su madre –cuando no estaban las de Bogotá- y el Black and White del viejo.

Mientras los hombres discutían de política, mis tías se hacían el manicure con la señora gordita que vivía cruzando el parque de Bruselas. Margaret, Martha, Luis Carlos, María Mónica, Diego y yo, nos moríamos del aburrimiento encerrados en el cuarto amarillo en el que domingo tras domingo jugábamos al papá y la mamá. Nuestros padres poco nos dejaban bajar a ese primer piso selvático que tenía matas de plátano, guayabales y una posa séptica que hacía las veces de ring de boxeo. Visitar al abuelo era una costumbre familiar que por obra de Dios no he perdido, pero sí el contacto con mis primos. Cuando pasábamos la gran reja blanca contigua a la muralla caliza, lo primero que leíamos en bronce era Ativoj y Samoht. Inmediatamente inventábamos una aventura en la que debíamos escoger entre tres puertas que se mezclaban entre guayabas, sábilas, mecedoras y un palo de olivo en el que todavía reposa la Virgen María.

Mientras el sancocho hervía y los mayores esperaban el resultado de los comicios ese 7 de agosto, nosotros recorríamos arbitrariamente la casa. La puerta principal te llevaba al vestíbulo donde estaba el televisor que anunciaría a Samper. El trayecto era largo. Pasábamos por cinco cuartos, dos escaleras y un baño, para llegar al balcón que daba a la cocina, y que tenía la vista panorámica más bella que conservo de Cartagena. Ese día había un enorme crucero blanco atracado en el puerto. Cuando bajamos a jugar en el segundo piso abandonado por decenas de mecedoras, telarañas y camas chuecas, la tía Nizla nos pedía que tuviésemos cuidado. Allí, en una sala con dos cuartos y un baño antiguo, jugábamos a las escondidas. Teníamos muchas vías de escape. Una era la escalera que hacia arriba daba para el cuarto de mi abuelo, otra las puertas laterales que daban a los callejones que subían al tercer piso, y la escalera que desde la cocina seguía bajando hacia ese primer piso donde nacían platanitos manzanos entre los nidos de ratas. Jugamos encima de la posa séptica un buen rato mientras arriba le rezaban a Andrés Pastrana. Corrimos por doquier en ese escenario silvestre hasta que la abuela se asomó, con su cara gruñona, por el primer balcón y nos llamó a almorzar. Al subir nos burlamos de José Gregorio, el niño de al lado que siempre se la pasaba jugando carritos en calzoncillos.

A mis primos no les gustaba el sancocho. Yo sí me lo comía con tanto gusto, que me olvidé por un momento de ellos y me perdí de la salida a ese parque que tenía los columpios más chéveres que recuerdo. Me quedé un rato con mi abuelo Thomas, y mientras me sacaba una “galleta” del abdomen le dije “Samper va a ganar”, todo por llevar la contraria a la tradición conservadora que lo llevó un año después a encargar un cuadro de Álvaro Gómez Hurtado, que aún exhibe en su pasillo.

La inocencia me llevó a apoyar a ese sucio rojo. Eran casi las cinco. El televisor trasmitía su discurso victorioso y yo me alegraba de ganarle la apuesta al abuelo. Mientras mis tíos se resignaban a destapar las cajas de Águila que aún quedaban, salí un momento con mi papá y por primera vez leí con juicio lo que decían esas rejas de bronce, “La casona solariega de Thomas y Jovita”, que jamás estuvo tan sola, como ese ocho de agosto del 99 desde la partida de su amada.

En ese momento miré que le faltaban a la muralla algunas piedras calizas.


domingo, 5 de abril de 2009

La sangre llama

A veces quedan doliendo

heridas que están cerradas

aunque estén cicatrizadas

por dentro siguen ardiendo.


Quién lo creyera. Ese que se acaba de ir alguna vez fue atleta, alguna vez tuvo fama, alguna vez tuvo amor” alguna vez.


El acordeón cadente retumbaba a dos cuadras del parque. Era como si detectara desde distancias inhóspitas el eco de Alfredo Gutiérrez y el aroma de un whisky destilado. La parranda lo llamaba. Él sabía que Los Galileos se reconciliaban cada domingo en un idilio vallenato. La caja, la guacharaca, la amplificación. Cada uno con su instrumento y con sus mujeres. El Creador descansa y ellos recuerdan cómo se siente la juventud, esa que rehúsan a olvidar a pesar de las arrugas y las canas grisáceas. Las de Marquito eran moradas. De vez en cuando se las oscurecía con Bigen.


Los buscaba hasta el cansancio. La parranda galilea era un imán para un Marcos Ortega empapado en sudor y con su acordeón a la espalda. Cual caminante de recovecos, vestía su habitual sudadera, zapatillas Adibas y una camisa de flores, atuendo anticorrosivo para el olvido. La Gacela cojeó ese día desde el Centro hasta el parque de Bruselas.


“A mi hermano le gustaba correr. Era uno de los mejores atletas de Mahates de los años sesenta. Por ese tiempo se escuchaba en La Voz De Las Américas a Bob Canel, el narrador de las Grandes Ligas de Béisbol que era el deporte más jugado en ese tiempo acá en Cartagena. Entonces Marquito le escuchó a él hablar sobre unas olimpiadas en Europa en las que ganó por primera vez un negro la maratón- yo nunca lo escuché- y pues de allí se le metió la idea del atletismo, más porque era negro. Eso fue como a sus 15 años”.


Alfredo Ortega, tres años menor que su hermano atleta, nació en el lapso del Bogotazo. El sol iridiscente de ese domingo excitaba en sus manos el acordeón de Emiliano Zuleta. Lo dominaba perfectamente. Al tiempo, Arnulfo Llerena “el Señorón” interpretaba La Sangre Llama. El imán. Positivo y negativo estaban a punto de colisionar. Marquito Ortega aparecía en la fiesta con su sonrisa incompleta.


Cuando Marquito llegó a Cartagena por ahí en el 64, tenía un estado físico envidiable y por eso lo metí a practicar con la gente del Fernández Baena. Era el único del equipo de atletismo que no estaba en el colegio. Nunca le gustó el estudio, le gustaba la música. Parece mentira pero comenzamos a practicar en el mismo grupo y mira hoy cómo toca Marquito. Como era tan veloz le apodaron La Gacela. Compitió con el Fernández y luego a nivel departamental logrando varios triunfos para el atletismo cartagenero. Luego conoció a Estelita y no por ella, pero desde ese tiempo se vino formando el Marquito que hoy ves aquí”.


Nos saluda con su voz nasal. Aquel que ganó en su juventud dinero y prestigio con sus piernas veloces hoy cojea pidiendo una cuelga por su interpretación magistral. Conoce bien el arte del acordeón. De vez en cuando da clases. Marquito mandas cáscara le dice William “aquí lo que hay es comida mi hermano”. Mientras las Evas galileas ríen y susurran que nadie lo invitó, la cuñada de Marquito repudia con disimulo su presencia. Ya no puede hacer nada, ya está aquí queriendo beber. “Aquí ninguno te va a dar trago, así que deja ser faltoncito” replica Mayito en carcajadas. La vergüenza de Alfredo se derritió en un instante.

“A finales de los 60, él comenzó amores con Estela. Ella era simpática, delgada. Marquito no era feo en ese entonces.


-Eso sí, esa nariz de bruja y los ojos saltones son viejos. Dijo Mayito

-Estela vivía por el Bosque y nosotros en la casona de Manga antes del cementerio en la primera avenida. Marquito a veces se iba corriendo a visitarla. Corría por toda la vía donde pasaba el viejo ferrocarril, por toda esa parte que hoy es la avenida Crisanto Luque. En una de esas se cayó, y tuvo una lesión en la rodilla que lo dejó cojeando, se rompió unos ligamentos, que pues perjudicaron su atletismo. De hecho ya no lo practicaba casi, no era su prioridad. Él le echa la culpa a su rodilla, pero no es así. Marquito comenzó a andar con badulaques, se metía en billares, cabarets, y no permanecía mucho en sus trabajos. Dejó en cinta a Estela”.


Sin un solo trago Marquito interpreta la siguiente tanda con su preciado patrimonio, un acordeón Honner. Si los ojos le faltaran no dejaría de entregarse al ritmo en sincronía con la caja, el timbal, la guacharaca, la voz, en ocasiones los cierra y dura eternos lapsos de oscuridad en los que siente con violencia la energía de la puya, del Son, del merengue, con esos dedos tan hábiles como los de un pianista que acarician los botones como si fuese el delicado cuerpo de una dama de caderas cadenciosas. Los presentes se deleitan al unísono de sus melodías. Marquito es un monstruo. Bravo.


“Y fíjate, el acordeón no fue quien hizo que Marquito se perdiera. Tampoco fue el atletismo, está bien. Tuvo la oportunidad de entrar al muelle y no quiso. Pero Dios le regaló otra oportunidad, otro talento, la música, con la que pudo salir adelante, y bien ves que conserva su don hasta hoy pero lo ha echado a perder. En los Galileos nadie toca como Marquito ¿pero porqué está así de patuleco hoy? por la droga”.

Con la garganta seca y el aliento de hiel Marquito come y recoge su acordeón. No se despide de nadie. La melancolía de su rostro mustio que bordea bruscamente los ángulos de su cráneo se marcha. Se marcha a buscar otro lugar donde emborracharse, con qué emborracharse o a costa de quién. La alegría sigue con la música en la terraza amplia de rejas altas frente al parque de Bruselas. Alfredo se excusa por Marquito. Aun resentido, agradece a Los Galileos que le negaron una copa o una moneda. Se quita un peso de encima, después de todo es su hermano.


Ese es el hermano que más quiero yo/
pero to´a la vida me ha querido fregá.


Nosotros nos hemos cansado de ayudarlo. Siempre vuelve diciendo que ha cambiado, que ya no toma y no consume, que ya está trabajando enseñando a tocar acordeón. Pero vuelve y cae, vuelve y cae. Mi sobrina Rubi duró mucho tiempo sin hablarle. Cuando parió Estela, Marquito vivió con ellas hasta que Rubi cumplió cinco y luego se perdió por casi ocho años. Nadie sabía donde estaba. La droga fue su ruina”.


Hace un año Marcos Ortega negoció su bienestar a cambio de una parte de la venta de la casa familiar en Manga. En ese entonces su integridad costó 25 millones de pesos. Con el parlamento sacado de la tragedia de su vida afirmó una vez más que cambiaría, que dejaría el alcohol, el bazuco, que trabajaría y haría algo productivo por su vida, que le daría la mitad de la herencia a su hija Rubi como efectivamente lo hizo, sin contar que cada que se embriagaba con su mujer de turno la que lo amó con su bolsillo próspero y hoy está en brazos de otro, le formaba un escándalo a Rubi en el silencio de la penumbra exigiendo le devolviera su herencia a retazos, como lo hizo ella sin gastar un peso de ese monto maldito por una rodilla.


“Cuando tuvo el dinero ¿tú crees que apareció más por acá? Antes barría y hacía marañas para levantarse el almuerzo, desde que le dimos la plata ni más volvió. No se acordó de la familia, ni de los Galileos. Tampoco cumplió su promesa, eso era de esperarse, nosotros hicimos lo que pudimos, es su vida, él verá. Cómo será que en tres meses se gastó sus 13 millones y corrió a quitarle a su única hija aquello que nunca le había dado. Ni los Galileos tomaron una sola gota de ron del bolsillo de Marquito. Por eso no lo queremos por acá, que acabe su vida por otra parte”.


Nadie detuvo a Marquito. Nadie se ofreció a llevarlo a los arrabales en donde duerme. La parranda continuó hasta la media noche, hasta la última gota de Old Parr, hasta el cansancio de estos músicos geriátricos. La Gacela llegó cojeando a los lados de la zona Franca, en el callejón perdido que amenaza su estadía por moroso. Se acuesta en un cambuche de cartón al lado de dos muchachitos y sus porros. Enciende el suyo. Marquito duerme como un ángel entre su suciedad y su saliva. La sangre llama a su hermano a la misma hora y en su cama King Size. Alfredo se acuesta en el regazo de una Mayito de ojos tambaleantes. rezó esa noche porque su sueño fuera tan real como el canto de Poncho.


Por eso vivo orgulloso

En compañía de mi hermano

porque yo nací pa´ Poncho
Y Poncho para Emiliano





lunes, 8 de septiembre de 2008

Especiales entre copas: Directo al corazón atómico de la vía láctea


Primer cóctel. Y comienza mi vuelo estelar en este bar de la Condesa. Último destino, el corazón atómico de la vía láctea. Allí me encontraré con un gran quinteto de alienígenas musicales. Espero a Zoé sumergida entre copas coloridas, latin jazz y art decó mexicanos.


Segundo cóctel. Y veo llegar a Memo Rex escoltando a los rockeros espaciales. Space Rock. Género tan antiguo como la psicodelia. Zoé es de las primeras grandes bandas de rock mexicanas, de la era cibernética, ad-hoc con sus obsesiones futuristas.


Te ha gustado el Avant Garde? Me saluda el vocalista y l-í-d-e-r de la banda León Larregui. Sí. Me recuerda a mi bohemia Cartagena. Ésta colonia es un encanto. Dije. Tacho la palabra porque le incomoda el calificativo. “Aquí no hay cabeza. Somos una sinergia”. Política de la banda.


-Qué chida está tu ciudad ehh. Anota el guitarrista Sergio Acosta que estuvo en ella hace un año. Intercambiamos besos. El único hielo por romper que hubo fue el de los Tom Collins que pedimos. Se antojaron. Qué par tan agradable!


Tres a uno y los primeros Marlboros de la noche. Evitaré preguntar lugares comunes. Es difícil con alcohol en mi torrente.


Ana: De dónde sale la figura de Memo Rex Comander y el corazón atómico de la vía láctea?


León: Verás, quizás el nombre de este nuevo disco es uno de los más extensos en la historia del rock mexicano y uno de los más bizarros en cuanto a propuesta y sonido. Memo Rex es un personaje etéreo, también la primera rola del compacto. Es el guardián de la vía láctea, ese complejo galáctico que da ambiente a toda esta producción, que habla de una búsqueda espiritual, experiencias, amor y desamor anécdotas y distintas facetas de la cotidianidad.


Sergio: Hay demasiado love comprimido, hay crítica a los sistemas y alucines pachecos. El corazón atómico de la vía láctea, suena medio poético, icónico, escribimos imágenes. Memo Rex fue para nosotros más que todo un viaje sideral por una atmósfera amorosa. Un extraño sonido que es melancolía, y rock cargado de letras oníricas.


Pausa alcohólica. Se me dio por hacer un ejercicio.


Ana: Ahora imaginen que están en su egoteca ¿a qué les sabe Zoé?


Sergio: Oye pero que ejercicio tan cachondo ahh. Jeje pues imagínate por ejemplo a este hombre aquí (León), ahí en medio de la multitud, flaquito y ojeroso, y a nosotros luciendo frágiles, tímidos, desprovistos de pretensiones y arrogancia, pero a la vez imponentes. Ofreciendo artísticamente sobriedad y sofisticación; lo nuestro es la creación, no el show vano. Nuestros nuevos y mejorados arreglos, a cada momento, van reflejando un crecimiento musical. No somos soberbios, la neta es que gozamos, nos entregamos. Jajaja que chinga de ego.


León: Hey carnal gracias por lo que me toca. Siguiendo con el ego Anita, a qué sabemos? Somos una gran propuesta alternativa de elegantes tintes electrónicos, caracterizada por una estética bastante coherente con nuestra música. Bueno y te pasamos la rola. A qué te sabe Zoé?


Tienen un sabor exótico Leo. Zoé me sabe a buen rock con tintes espaciales. Tienen un estilo exquisito, una magnética fuerza escénica y un sonido potente e impecable. Son una mixtura de amor sideral, devoción hermana, calidez musical, elegancia comprimida.


León: Gracias Anita. Esto se merece una chela.


Vamos cuatro a dos. Para los que no han testeado a Zoé, tienen un sabor ecléctico e indeleble, lleno de ambientes y texturas. Por sus influencias como Pink Floyd, Beatles, Placebo, Stones, The Cure y Guns n’ Roses emanan un rock ambiental y soñador.


Ana: Cuéntenme ahora cómo fue su llegada a la cima? Qué fue lo más difícil?


Sergio: Anita estamos en un buen momento pero no en la cima. Todavía nos falta explorar, mejorar. Estamos en la búsqueda constante de un mejor sonido, growing up. Tú sabes. Comenzamos como muchos chavos, tocando en antros y eventos del DF.


León: Qué te digo, pues en nuestros inicios por allá en el 97 Si no existían los espacios para tocar, nosotros los inventábamos. Si no había emisoras para nuestra música, nosotros grabábamos y repartíamos los demos entre futuros sellos discográficos. Autogestionados fue como empezamos a sonar en la radio independiente de Estados Unidos y logramos un breve contrato con Emi en México, luego de un buen percance con la Virgin. Actualmente trabajamos con la Sony y Noise Lab una disquera independiente.


Ana: Y qué pasó con la Virgin?


León: En Virgin tuvimos un gran atraso, estuvimos congelados. Llegábamos y nos decían "ha si ahorita los atendemos" y así nos tenían 5 horas acá en el sillón esperando, y ya cuando nos atendían les preguntábamos que onda cuándo nos metemos a grabar, y nos respondían que en ese momento no había lana, regresen en dos meses y les decimos; esperábamos esos dos meses acá sufriendo esperando a ver si ese día pasaba algo pero nos daban otra prórroga. Fue difícil.

Ana: Moraleja ¿Qué aprendieron de esta vivencia, Qué recomiendan a las nuevas bandas?

Sergio: La autogestión. Estábamos muy chavos y teníamos la ilusión de tener un grupo y que te firmen, y crees que porque te firman ya chingaste y pues que ya la armaste y ya te resolvieron la vida y eso es mentira. Para los nuevos proyectos y bandas de garaje, les decimos que la autogestión es el camino más viable y donde menos tiempo pierdes y así estas trabajando en lo que quieres. En nuestro caso, decidimos hacer un disco y eso hicimos con o sin apoyo.

Tiempos superados.


Se te ha acabado tu chela? Pregunta León.
Qué Honor el mío. Compartir esta noche tan fría, entre copas y arte con estos astros mexicanos. Cinco a tres. Suspendo mi historia de cóctails por hoy. Te contaré el desenlace de mi gran viaje por el corazón atómico de la Vía Láctea en una próxima edición, con estos chicos que imaginan con sus líricas un mundo fantástico, agradable, lejano a la hostilidad contemporánea. Puro amor en explosión.
Un Strawberry Margarita por favor.
Los veo sentarse en unas butacas del salón principal. La luz ténue los acompaña. Interpretarán con Los Velvet, la banda del bar. Deja me conecto, dice Sergio, aludiendo a su guitarra. El público grita. Las drums se apoderan del recinto . Sigue un bajo embriagado. Nace la voz melancólica de Larregui, que de ojos cerrados, se transporta a otro planeta de mañana con tres soles, y múltiples visiones,
montañas transparentes,
anémonas de luz,
partículas de amor y recuerdos de tí.
Love, love, love.